Hay suicidas
que no aman la muerte,
que sólo la quieren
como amiga.
Se abren las muñecas
sin llegar a la vena,
se disparan
con mala puntería,
se tiran de pie
desde un segundo piso,
y fuman mucho
pero sin quitar el filtro.
Hay suicidas
que no quieren morirse,
que temen el fin
como temen la vida,
que tienen seguro médico,
que preservan sus penes
en látex sensible.
Que se asustan de un trueno
aunque vistan de negro.
Hay suicidas
con buenas cartas
que fingen que pierden
(un extraño farol a la baja).
Se atan los cordones
de las deportivas,
se lavan las manos,
miran al cruzar,
cuentan las calorías,
y beben alcohol
sin tener necesidad
de olvidarse de nada.

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