Y ya nadie es el mismo.
Yo tampoco.
Aunque las raíces
siguen arraigadas
el fruto es distinto,
quizás más dulce,
quizás más amargo,
debatiéndose entre florecer
o marchitarse para siempre.
Así el mundo se precipita
a su postrera oscuridad
y casi sin avisarnos
nos volvió tristes almas
yendo de de un tropezón a otro.
A partir de ahí se empieza
a querer menos
para desconfiar más,
a afrontar la realidad para
no despertar desamparado
de un soñar estupendo.
La carne llama, la piel siente,
el dolor siempre existe
y se reinventa.
La voz de la conciencia
desdobla los valores,
nos crece como
un alarido incesante
que puede con todo
el griterío del silencio.
Ojalá pudiera huir
de este juego ignominioso,
de esta vida procaz,
de este ir y devenir,
de este tumulto de sinsabores
sin sentido
sin que nadie diga nada.
Ojalá que los jueces frívolos
ardan en sus altares,
que los pensadores
guarden sus conjeturas
para otro negro estío,
que se destierre la estupidez
de los que aman este vivir
su marcha feliz hacia el futuro
sin reparar en los que
saltan por la borda.
De verdad que siento
un infinito cansancio,
un hartazgo casi irreversible.
Y, por favor, que nadie
diga nada porque
poco más hay que decir.

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