Dicen que envejecer es renunciar, dejar atrás, desinteresarse. Pero peor aún es que envejecer sea también que otros renuncien en tu nombre, que te dejen atrás, que pierdan interés en la persona que eres. Por eso, asisto atónito al debate sobre el precio de las pensiones, donde economistas, politólogos y políticos van haciendo cada vez más profunda la grieta del estigma sobre la edad, hasta el punto de que podría parecer que el debate sobre los pensionistas equivale a hablar de dinero en vez de personas. Un debate que convierte al pensionista en un sujeto inútil y parasitario, puro déficit social. Un prejuicio injusto y que nos empobrece a todos. No porque arrebate al resto de ciudadanos el dinero que los pensionistas se llevan de las arcas del Estado, sino porque roba todo lo que estas personas podrían dar, ese superávit que tantos están deseando compartir. El dinero podemos echarlo a una hoguera. Las personas, en cambio, somos otra cosa, también los pensionistas.
Sin embargo, la cantinela de cuánto nos cuestan los pensionistas no cesa. Hasta el punto de que olvidamos todo lo que se les arrebata por el hecho de serlo. La mayoría de las veces, estamos hablando de profesionales y trabajadores que, después de toda una vida cotizando, no pueden trabajar para ganar más dinero si lo necesitan o si sencillamente quieren seguir facturando cuando y cuanto les parezca. Hasta hace poco, ni siquiera podían cobrar los creadores sus legítimos derechos de autor una vez jubilados. Y aquí es donde reside el problema y el estigma. Porque una cosa es tener derecho a la pensión y otra distinta no tener derecho al trabajo, a la entrega de talento y habilidades a los demás y a cobrar por ello con independencia de la prestación que a cada uno le corresponda. ¿Desde cuándo el Estado tiene derecho a privar a sus ciudadanos del derecho de ser útiles cuando eso forma parte del derecho a la felicidad de las personas? El trabajo es importante en la integración social de todos y, sin embargo, los pensionistas ven privado o limitado este derecho de forma tajante.
El problema es que el Estado no sabe detectar el talento y mucho menos se pregunta qué podría hacer con él. Al contrario, es experto en dilapidarlo, expulsarlo a buscar oportunidades a otros países cuando es joven o inutilizarlo a partir de cierta edad. De ahí que su apuesta y su oferta de empleo público sea tan convencional, reproductora del estatus existente y falta de imaginación. Quien tenga dudas al respecto, puede estudiar una oposición y enfrentarse al método de selección de talento estatal por excelencia. Así las cosas, el pensionista español se ha convertido en un sujeto parasitario por cuanto corona un sistema que dilapida la energía y el talento. Y no: este texto no va a proponer que todas las personas retrasen su edad de jubilación. Pero sí exige que existan formas de organización civil capaces de favorecer que los pensionistas puedan impactar con su experiencia y capacidad en el beneficio de su comunidad. Pienso entonces en la capacidad productiva —de riqueza y bienestar— de millones de pensionistas en un sinfín de actividades: clases extraordinarias, formación profesional, entrenamientos, labores humanitarias, coaching, cuidados, supervisión de proyectos, gestión, diseño de los mercados, conversación… Y sueño con cambiar el papel del pensionista y exigir de paso que la vejez deje de estar sometida a un estigma social generalizado que es, además, virtualmente universal. Pienso en una sociedad donde ser mayor no signifique convertirte única y exclusivamente en un problema económico para el resto.
Hay millones de pensionistas españoles que asisten, que asistimos, al debate pornográfico sobre el precio de nuestras inútiles vidas. Y no puedo dejar de indignarme porque se hable de dinero y no de personas. Porque por extraño que parezca, eso último sería más rentable.

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