No aprendemos. No, no lo hacemos. Al menos no desde la izquierda que, día sí, día también, entra al trapo de todas y cada una de las ocurrencias que la derecha tiene a bien inventarse para que el discurso político real desaparezca enmarañado en la tontería que saquen a la palestra para entretener a medios y a ciudadanos. Si quieren ejemplos, tengo algunos:
Isabel Díaz Ayuso, la “defensora de la libertad”, es experta en estos menesteres, la ha tomado con los libros de texto, amenazando con modificarlos: “Vamos a trabajar para acabar con el adoctrinamiento que pretende el Ministerio de Educación hacia todos los niños, especialmente, como hemos visto en estos días, con los libros de texto”. Días después ha reconocido que no encontró en los libros nada relevante. Previsible. Pero eso no es lo importante; lo verdaderamente significativo es que no es de su competencia; la autonomía de los centros es prioritaria, vamos, que en realidad no podía hacer nada. Pero hubo escándalo en la prensa por la supresión de la libertad educativa, aunque no pudiera modificarse por la presidenta. O sea, humo.
Vox, a falta de discurso político, también se ha hecho experto en distracciones. La diputada Carla Toscano, hablando de los piropos, se lamentaba encarándose con las bancadas de los partidos de izquierda: “Es una pena que su odio a la belleza y al hombre nos haga perder esa admiración e ingenio popular”. Y daba algunos ejemplos: “Eso es un cuerpo y no el de la Guardia Civil”, o “dime como te llamas y te pido para Reyes”. Se encontraban en el pleno del Congreso que daba luz verde a la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual que, dicho sea de paso, no contó ni con el apoyo del PP ni de Vox. ¿Se imaginan de qué habló la prensa al acabar el pleno? Aciertan, de los piropos.
¿Les suena o conocen el nombre del candidato del PSOE o de la candidata de Por Andalucía a la Junta de Andalucía? Corre por ahí una encuesta que asegura que no. Sin embargo, ¿a qué sí que conocen el nombre de la candidata de Vox a esas mismas elecciones? ¿Por méritos políticos? Me atrevería a decir que no. La conocemos porque ella sabía que, empadronada en un sitio en el que no habita, si ese hecho se hacía público tenía garantizado el protagonismo mediático, lo que haría de Macarena Olona la candidata más conocida. Experta en evitar que se hable de programa, Macarena, en el último debate televisado, ha conseguido que los medios se centren en la anécdota. En este caso, se mostraba indignada con un “libro” en el que se habla de masturbación a los niños. Pues bien; ni es un libro de texto de la Junta de Andalucía ni enseña a los menores a masturbarse. Es un cuadernillo didáctico para gestionar las emociones del Ayuntamiento de Sevilla que ni siquiera incluye la palabra en cuestión. ¿Y los medios? Al día siguiente, a hablar de masturbación en la autonomía con mayor número de parados.
Ya sabemos que en estos tiempos el programa político pasa a un segundo plano por delante del “programa mediático”. La conclusión es clara: Los medios tradicionales, deseosos de trivialidades y anécdotas, desplazan lo importante para enfocarse en lo superficial. También las redes se suman a esa tendencia, nutriéndose de la política espectáculo. Vivimos en la era de la velocidad, el exceso y las audiencias, aunque no estaría de más que entráramos en algún momento en la era de la información veraz. Aunque sea más aburrida, a la larga nos resultará más beneficiosa. A nosotros y a la democracia.

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