No siempre estuve aquí,
antes hubo otras almas:
la de los minerales
y antes aún la del hidrógeno,
tan antigua como el mal
como el cero
aún más que el reloj
de lava ardiente
de Alfa Centaurl.
Nací en aguas someras
y salté sigiloso
de la nada a lo real
con la belleza del guepardo
la blancura de un lobo
de las nieves
o un macizo de adelfas
más peligroso que el asbesto.
Brujas buenas y malas
entran en mi casa sin llamar.
Tuve antes de ser cuerpo
–hacerme cuerpo–
dentro de mi pecho imaginario
debajo del sagrado esternón
una tibieza dolorosa:
suave ceniza de la estrella
y la serenidad prometida
de la transmutación:
lo que tú llamas muerte.

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