Hace poco más de un mes
era la vida
y hoy solo conoce
destrucción y muerte.
Ayer, la libertad,
la pulsión del viento
que pegaba en la cara,
hoy los escombros
y el miedo, miedo siempre,
miedo a las sirenas
que anuncian un nuevo ataque,
a las explosiones,
al encierro obligado,
al silencio que le habita,
miedo siempre,
jornada tras jornada.
La ciudad duerme
un sueño que sus habitantes
que sobreviven al desastre
ya no pueden conciliar,
por la mañana igual parece
que hay algo de esperanza,
se habla de que es posible
la evacuación de civiles,
pero pocos son ya
los que hacen caso
a los rumores
que recorren las calles
semi vacías de una ciudad
que ha sido borrada del mapa
ladrillo a ladrillo.
Y allá abajo, en su encierro,
alguien construye
una esperanza de futuro
en algún lugar,
imagina amor y tranquilidad,
un borrón para este presente
de pesadilla y caos.
Un murmullo
que es casi una risa,
quizás una compañía,
quizás un abrazo.
Volver a una vida normal
respirar profundo
el aroma a primavera
y que las preocupaciones
sean de nuevo
las que tenía cuando la paz.
Asoma la cabeza fuera
solo un momento
y la realidad se impone
en su crueldad:
por la esquina
dobla un tanque,
y si. Siempre.
Ya el miedo
ha venido a quedarse
para siempre.

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