Desde los sótanos,
–ciega, callada–
por una densa cuerda
asciende lenta
pero sin pausa la memoria
y vas notando
en el aire que vibra
su terca decisión,
miras
la tensión aferrada
de sus manos
que llega,
que busca sitio,
que necesita un cuerpo
donde guarecerse,
donde activar –agudos–
sus aguijones
donde alojar -¿en mí?
sus tesoros,
pero también su daño.

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