Si pudiera celebrar con ella el Día de la Madre, la abrazaría fuerte y, de alguna manera, le daría las gracias por sus sacrificios, por haberme ayudado en todo lo que pudo, por estar siempre, por quererme más que a nada en el mundo y más que a sí misma. Si este año estuviera junto a mi madre, puede que me uniese a la celebración de ese “deber ser materno” que aniquila a las mujeres... Pero ella no está, y pensando en las niñas que serán mujeres del futuro la celebración la veo de otra manera.
Veo que ha de ser un día para destruir el deber ser materno de raíz, empezando por la obligatoriedad maternal que se impone sobre las mujeres por el hecho de serlo. Se habría de usar pues este día para recordar que la maternidad no es la realización plena de una mujer. Y por esa razón, en el Día de la Madre doy un abrazo fuerte a todas las no madres que conozco, especialmente a esas mujeres que durante toda su vida (hablo de mujeres de 60, 70, 80 años) han tenido que responder a la pregunta de por qué decidieron no tener hijos. Pregunta que sigue vigente en reuniones familiares o entrevistas periodísticas y que nunca recae sobre la paternidad del varón. Y ya de paso, ya que estamos de fiesta, propongo aplaudir y celebrar a todas las que en algún momento decidieron libremente interrumpir un embarazo, porque ninguna mujer tiene la obligación de ser madre, tampoco una mujer embarazada. Mando pues todo mi calor desde aquí a quienes abortaron alguna vez y sugiero que las abracemos con todo el cariño que merecen.
Una celebración de semejante importancia, debería exceder los muros de las casas familiares y también los círculos de crianza compartida. Así, más allá de familias genéticas o elegidas, la fiesta de las madres tendría que ser un día de unión entre mujeres, entre amigas, hermanas, madres, confidentes, amantes, hijas. Un día para recordar también que muchas mujeres están siendo utilizadas —con o sin su consentimiento— para gestar hijos a los que se les negará el derecho (hasta ahora inalienable) de ser hijos de la madre que los parió. Es importante sentirnos cerca de ellas y nombrarlas como madres desde todas las mesas donde sea que haya flores y familia en este día especial. Desde aquí mi reconocimiento a su maternidad y a la hijidad de los que gestaron, aunque haya más padres y madres alrededor de sus hijos. Incluyamos en la fiesta a todas las que donan sus óvulos para que otras puedan gestar, a quienes esperan un hijo en adopción que ya ha llegado y necesita su cuidado pero cuyos papeles aún no están listos. Y sumemos, por supuesto, a todas las madres lesbianas que regalan a sus hijos el lujo de tener dos madres donde la mayoría tenemos que conformarnos con una. En una fiesta así habría que cambiar mucho los grandes carteles publicitarios que invitan a regalar joyas y rosas a todas las madres del mundo y que se refieren, en realidad, solo a unas pocas. Porque hay muchas más de las que comúnmente pensamos.
Y para acabar, permítanme la licencia de felicitar a las madres de mis dos hijas y a mi hija mayor porque por vez primera celebra este día siendo madre. También gracias a ellas soy el hombre que he llegado a ser.

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