Yo nací (pido disculpas)
con la televisión
en blanco y negro
y el gris era el color
que todo lo impregnaba
mientras crecía.
La realidad mermada,
cobró lustre ficticio
entre las vísceras
del dichoso artilugio,
mis padres por fin,
teniendo yo doce años,
compraron uno para ver
retraído el asombro,
cómo holló la luna
el ballet pintoresco
del primer astronauta.
La guerra de Vietnam
sembró de rojo
el miedo del monzón;
la tristeza alargó
su cinta métrica
con inborrables signos,
y el niño que yo fui
cruzó la calle
para desvanecerse.
Como soplo de aire
que aventara las ramas
con una floración
de duermevelas,
devanaron los años
una quietud insomne,
repleta de tareas.
Nada sobra al olvido.
Envejeció conmigo
la dudosa verdad
de vuelo corto
y ahora lo vivido
es una polvareda
que se oculta detrás.
La nada vuelve.
Sigo al borde de mí,
Soy un mapa menguante
enclavado en la espera.
Ya no quedan
preguntas perentorias
y el futuro empieza
a ser de cosa de otros.

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