jueves, 5 de mayo de 2022

REFLEXIÓN: LA AUTÉNTICA LIBERTAD


Hemos acabado por creer, inducidos por un miedo constante a perder los medios para subsistir, que tras la obtención de la subsistencia se esconde justamente la posibilidad de dar sentido a esa misma subsistencia. Que la vida tras el trabajo es la vida que nos queda. Y que en ese resto nos jugamos todo. La pretendida «ética del trabajo», defendida por tantos gabinetes técnicos de los denominados «recursos humanos», no es más que un nombre políticamente correcto para referirse a una amable y consentida explotación de los individuos mediante relaciones económicas en las que se intercambia un salario por fuerza de trabajo.

En realidad el trabajo es una esclavitud. Una necesaria esclavitud, pero esclavitud al fin y al cabo. «Ganarse la vida» como sinónimo de trabajo resulta aterrador. El trabajo permite sobrevivir, pero la vida «se gana» también, y afortunadamente, en otros muchos ámbitos. Se podrá hacer con mayor o menor gusto, pero el trabajo es un yugo (necesario); si el yugo se romantiza, comienza una indeseada esclavitud voluntaria. «Quien no trabaja no come. Tal es el imperativo demagógico que pretende resolver la cuestión, simplemente relacionando el derecho a comer con la obligación de trabajar. Más bien deberíamos hablar de un derecho al no trabajo que de un derecho al trabajo.

¿Hemos renunciado finalmente a nuestra libertad? ¿En nombre de qué o de quién? La coacción y el esfuerzo propios del ámbito laboral se han impuesto al resto de nuestra existencia, y las condiciones neoliberales que disfrazan la autoexplotación bajo capa de libertad de acción han acabado por imponerse hasta el punto de que la sociedad (lo dicen todos los índices sociológicos actuales) termina por sentirse cansada y exhausta. Resulta difícil salir de este atolladero: el trabajo es condición necesaria para poder cosechar el tiempo del no trabajo. Pero si convertimos el tiempo del no trabajo en una producción constante de nosotros mismos, si nos convertimos –como pretenden– en «empresarios de nosotros mismos», no queda entonces más que una marioneta que se mueve al son de los intereses económicos o políticos de turno.

Si «la ociosidad es la madre de todos los vicios», como reza el dicho popular, quizá haya llegado el tiempo de que transfiguremos el vicio en virtud para caer en la cuenta de que cuanto más se ennoblece moralmente el concepto de trabajo y cuanto más se tiene al trabajo como una virtud, menos importancia adquiere la mejora de las condiciones de los trabajadores y menos tendemos a preocuparnos por ella.

La conclusión final es que quizá la pausa sea más necesaria que nunca para ennoblecer el tiempo de la auténtica libertad: el que dedicamos al pensamiento.

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