Estamos en la época de la posverdad. Es como lo llaman aunque en realidad simplemente sean mentiras a secas.
La cosa funciona más o menos así. Te enteras de algo que te llama la atención: un hecho, una opinión, un descubrimiento, lo que sea. Y te gusta, porque encaja con tus creencias o con tus ideas o simplemente te hace sentir bien. Con independencia de que sea realmente cierto o no, a ti te encaja, te hace sentir guay, luego lo aceptas como auténtico. Y lo repites a otra gente que a su vez también empieza a repetirlo, hasta que de tanto oírlo por todas partes toma un barniz de veracidad. Que sea verídico o no, es lo de menos en estos casos. Tú lo repites porque te hace sentir especial, menos gris, más inteligente, poseedor de un arcano secreto que los tristes mortales, desconocen. Y es que las posverdades no van dirigidas hacia la cabeza sino hacia las vísceras. Por eso hay quienes les llaman “mentiras emotivas”.
Algunos ejemplos son patéticamente graciosos como los de que la Tierra es plana o las conspiranoias de que las personas más poderosas del planeta son extraterrestres. Otras posverdades son mucho más peligrosas, como las denuncias falsas, las famosas pagas y pisos que recibe la gente inmigrante, los 29 hombres asesinados cada año por sus parejas mujeres o las vacunas que causan autismo.
Las posverdades están muy relacionadas con las llamadas “fake news”, bulos o rumores digitales. Tal rumor o "teoría" me encaja, me mola, me lo quedo y lo difundo. Que sea verdad o no, es lo de menos.
Ahora vamos a llevarnos esto a la política. En política, a lo de difundir posverdades se le llama “comunicación estratégica”. Que no es sino un eufemismo de “manipulación”. A los nazis les está dando un resultado maravilloso. No hacemos más que darle visibilidad a sus caras, a sus logos y a sus mensajes. Y gratis.
Quizás por eso les está yendo tan bien. Si por algo se caracteriza nuestra sociedad es por la pereza intelectual y por el individualismo rampante. Caldo de cultivo perfecto para las posverdades. Porque nos tocan la víscera y salivamos.
Porque estamos en una sociedad, como decía Pessoa, dirigida por agitadores de sentimientos, no de ideas. De tontos que se creen listos y listillos que nos toman por idiotas.

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