Amo la palabra desnuda,
del derecho, del revés,
la que crea sus normas
sin norma,
la que deambula sin ley,
fugitiva, vilipendiada,
saltaría, brillante.
Amo la palabra sucia
y violada de Bukowski,
la turbia de Carver,
la desesperada de Cioran,
la luminosa de Gibran y Tagore,
la repugnante de Hemingway.
Amo la palabra chispeante
de Gioconda Belli,
la sabiduría oriental,
la sabiduría de toda
tierra ancestral.
Amo cualquier palabra,
la amo anárquica, voladora,
plena, soñadora,
escrita, recitada con alma.
Amo la palabra,
pero con la condición
de que sea libre y honesta.
Jamás encorsetada.
Jamás artificial
o mentirosa.

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