Cuando supe
a ciencia cierta
que estar tirado
en el sillón
toda la tarde
sin hacer nada
de lo que manda la culpa
no conlleva
pena de prisión
ni multa ejemplar,
empecé a atreverme
a caminar delante
de esos hombres
que saben de todo
más que nadie
sin que importe
lo más mínimo
su opinión y sus consejos.
Cuando llegué
a la certeza
de que cuidar
y ser cuidado
es parte de lo que
nos hurtan,
de que lo nuevo
no vale un duro
si solo nace
para esquilmarte,
para depredar tu atención
y que no la pongamos
en los regazos,
pude dejar de hacer
para ser visto,
cortocircuitar el ansia,
permitir a los vientos
su discurso,
y a las vidas
sus dignidades.
Aprendí a desembocar
en la ignorancia.
Algo sospeché
de que no eran necesarias
tantas epopeyas,
que ya es hora
de ánforas y de renuncias,
que ya no tiene sentido
adorar la cultura
del mordisco y la lanza.
Cuando vi que es posible
dar de lado
a toda esa inercia
de polígonos
y sueños en salmuera,
cuando no caí apuñalado
por el enemigo fantasmal,
cuando no se cumplió
la amenaza
y la doctrina siguió
su curso bala
imposible de doblegar,
respiré y me dispuse
a ser tachado
de persona improductiva.

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