domingo, 25 de octubre de 2026

REFLEXIÓN: CENTROS DE DATOS


La deriva ecológica ni se menciona en histérica precampaña electoral española agitada por falsos pucherazos y falsos pucheritos. Los negacionistas del cambio climático se benefician de una actitud muy humana, pues la manera más primaria de enfrentarse con una mala noticia es no querer aceptarla. Nuestro despertar tardío a lo real afronta ahora un nuevo episodio con la instalación de las grandes superficies de almacenaje de datos. Durante años los gobiernos regionales lo han celebrado como un maná caído del cielo, pero hoy ya conocemos los riesgos.

En la campaña por las elecciones de medio término en los Estados Unidos, la denuncia del daño que provocan las grandes granjas de datos han sido uno de los argumentos más usados por los candidatos. Tanto los regidores locales como los aspirantes a las cámaras de representantes comienzan a posicionarse en contra de la instalación de estas macrogranjas. Especialmente combativo se ha mostrado Bernie Sanders, que pese a su edad se ha convertido en un interesante joven visionario. También la activista Erin Brockovich, a la que encarnó Julia Roberts en la película que le dio el Oscar, y que contaba el caso de envenenamiento de una población por parte de una industria química, ahora se ha centrado en denunciar los peligros de los centros de datos. El gobierno español, en uno de sus últimos latidos de vida, redactó una serie de condiciones de sostenibilidad para permitir la instalación de estos edificios en respuesta a la preocupación por el gasto de agua y energía que acarrean. De inmediato los grupos de poder comenzaron a sacudir sus amenazas para congelar cualquier reforma. El presidente Trump se ha quedado solo como el más firme opositor a la regulación de los centros de datos en su país, correspondiendo así al esfuerzo de los caciques tecnológicos que le llevaron al poder.

Los centros de datos precisan de un consumo diario de agua potable desmesurado para refrigerar sus mecanismos de funcionamiento y se ha probado que desecan las zonas donde se instalan. Se calcula que estos centros ya están consumiendo el 2% de la energía mundial con una vida útil tan corta que los convierte en especialmente sucios. Los vecinos de estas superficies ya conocen los zumbidos constantes de la ventilación imprescindible para estos monstruos y su impacto sobre las aves y la fauna local, pero sus quejas no son escuchadas por casi nadie. En España ni tan siquiera han conseguido hacerse oír entre la felicidad pánfila de los gobiernos locales, que están entregados siempre a cualquier promesa rácana de puestos de trabajo y que cada vez son más sumisos a las necesidades de la IA, que es utilizada ya como una herramienta más por la población, aparentemente encantada haciendo vídeos, memes y cartelitos que se nos aparecen por todas partes. Nunca aprenderemos que las campañas electorales son la oportunidad para confrontar las recetas de cada aspirante sobre los desastres que se nos avecinan. Y como siempre, lo verdaderamente importante se trata como una anécdota que a pocos interesa.

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