Que el pensar
no deje de consolarte,
que no te obnubile el fervor
cuando la pasión te ciegue.
Ve, acércate y hurga
con tus dedos
hasta mancharte
en la herida del mundo
o en la espalda
mojada de la vida,
allí donde la sangre
se confunde con el barro.
Así, más adentro, más adentro.
Ve luego y escarba
con tus manos
en los estercoleros de la infamia,
en la trastienda de la miseria
y en la sala de máquinas
de la explotación,
en la factoría
de todas las conspiraciones
y en la despensa
abarrotada del hambre.
Ve después y observa
hasta no poder más,
hasta perforar si es preciso
la catarata que te ciega
y te impide apreciar
la raíz del aire,
el corazón de la barbarie,
la idea de la luz
y el secreto que guardan
todos los caminos.
Sabrás entonces
que en ocasiones el frío
sucede al frío,
la palabra sola no basta
y a veces está de más.
Intuirás de ese modo
que callar es un crimen
y que el silencio tiene
un precio que más pronto
o más tarde tendrás
que estar dispuesto a pagar.
Que la fragilidad
sea tu fortaleza,
que no te pierda la seguridad
cuando la incertidumbre
te ponga en camino.
Cuando la palabra
se queda sin palabras
la disidencia da sentido
al relato de los hechos
y la norma se escribe del revés,
contra el viento,
al margen del libro.
Decir al enmudecer.
Construir al romper.
Avanzar al detenernos
y regresar sobre
nuestros pasos.
Ahí, en ese espacio
sin límite, impreciso,
vago y fuera de todo lugar,
hablar al callar,
hacer al deshacer,
escribir al tachar.
Y en ese tiempo
sin tiempo, sin hora,
sin memoria de pasado
ni posibilidad de futuro,
sentir el vértigo de una voz
en caída libre.
«Dicho y hecho» es un decir
en el que el verbo da testimonio
de su acción al pronunciarse.
Cuando la palabra pone
en juego su sentido,
al borde de los acantilados,
fuera de la ley,
aguarda el frío, está la muerte,
el amanecer acompaña
el trance de una blanca
y callada despedida.

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