Recuerdo los campos
que rodeaban
los edificios en el barrio,
sus piedras y tierra
circunvalando los juegos
y el ruido de ausencias
entre la vegetación
que nos servía de resguardo
cuando jugábamos
a indios y vaqueros.
Recuerdo el campo de fútbol
que construimos
con nuestras manos
y dónde nos pelábamos
las rodillas
entre piques y risas.
Hubo siempre un aroma
a certidumbre
en cada uno de los rellanos
de la escalera,
el tacto colectivo
de las puertas abierta
y de los felpudos
impregnados
de tantas huellas
con nombre
en los buzones.
Los desayunos con prisa
para salir al cole,
la Quina San Clemente
para abrir el apetito,
la leche en polvo,
plátanos con galletas
trituradas y bañadas
en jugo de naranja
para las meriendas.
Los estuches
con unos pocos
lápices de arco iris
que nos íbamos prestando
para completar
toda la gama
y restos de goma
borrando la ignorancia,
un compás huérfano
de curvas
y un transportador
de ángulos
hacia lo imposible.
Recuerdo el miedo
a ir al colegio,
la mirada cruel
de un malvado profesor
que, con el cigarro
tatuado en sus dientes,
custodiaba el buen nombre
de la apariencia
y pegaba sin compasión
con la regla
entre las manos.
Tal vez la memoria
sea una mentira compulsiva
y los recuerdos tan solo
el engaño del tiempo,
pero yo, ahora
que las arrugas tienen
la mayoría absoluta
en un semiabandonado
congreso en mi cuerpo,
dirnto nostalgia
por aquél viejo mundo
donde no cabía la soledad.

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