El hombre
que no tiene tiempo
ha pasado
por tu casa otra vez,
suele estar siempre de paso
por todo lo que te atañe.
A la hora exacta los relojes
indicaron con una
precisión de ritual
que era hora de la siesta,
así que el hombre
ahora duerme en tu cama.
Lo ves dormir.
Envidias esa confianza suya
de caer dormido
en cualquier parte.
No tendría que estar
en tu cama
mientras duerme.
El hombre está de paso,
pero en este momento
su mano está en tu rodilla.
Qué haces.
Nada. No haces nada,
si no quieres.
Pero quieres.
No tendrías que estar
tumbada junto a él.
El problema eres tú
y lo sabes,
ocurre cuando algo
que no nos pertenece
nos atrae hacia
un pozo muy hondo.
Miras dentro el agua fría,
los ojos fríos
y en su orden
de metales perfecto
una pulsión dirías
de otro tiempo
te empuja al centro
del misterio.
Quieres tocar el agua,
pero temes hundirte del todo.
Piensas en volver a la cocina
donde el café y el silencio
y la luz de la tarde
y nada más que esa paz.
Quieres no estar
en esa cama.
El hombre se viste
rápidamente.
Casi no tiene tiempo.
Dices algo.
Que te ha gustado besarle.
Ríe. Mientes.
No tiene tiempo.
Pasa por las cosas
sin estar en ellas
y sabes que contigo
hace lo mismo.
Siempre pasa, sin embargo.
súplicas, quejas.
Quédate. El futuro.
Pero no tiene tiempo
y se va,
como siempre ha hecho,
como siempre hará.

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