¿Cronista de la revolución o su denunciante oculto? Iván Vladimirov fue un artista al que se confió la tarea de plasmar la historia. Sus pinturas glorificaban el poder soviético, pero ¿qué se escondía tras la fachada del reconocimiento oficial? Las escenas espontáneas de caos, saqueo y represión exportadas a Occidente cuentan una historia completamente diferente. ¿Cómo un artista que trabajaba para las autoridades se convirtió en su crítico secreto? ¿Y por qué sus verdaderas obras maestras permanecieron en la sombra durante décadas? Vladimirov siguió siendo un artista de dos mundos: un maestro soviético oficialmente reconocido y un cronista oculto de la catástrofe de la revolución, cuyo verdadero legado sólo se hizo accesible años después.
Voluntario en la Primera Guerra Mundial, sus escenas de combate encantaron al zar. Fue herido y condecorado. Luego, testigo y simpatizante de la Revolución en San Petersburgo, documentó las luchas callejeras, el asalto al Palacio de Invierno y otras escenas por las que se convirtió en un artista oficial del leninismo y el stalinismo. Durante la era soviética, Vladimirov se convirtió en miembro de la Asociación de Artistas de la Rusia Revolucionaria, creó escenas de batalla, colaboró con editoriales y trabajó en el ambicioso proyecto “Historia de la Guerra Civil en la URSS”. A diferencia de realistas socialistas como Alexander Deineka o Boris Joganson, su estilo se mantuvo más documental, sin idealizar las imágenes.
Se desengañó en seguida de la revolución: durante los años veinte produjo en secreto cientos de pinturas explicando los horrores de los fusilamientos callejeros o en los sótanos de la Lublianka, el expolio de los campesinos, la humillación de la curia ortodoxa, el hambre, la miseria y la represión implacable. Estas obras, nerviosas y expresivas, se las compraba secretamente el ciudadano norteamericano de origen ruso Frank Golder, a cinco dólares la pieza, suma notable para la época en Rusia, y las llevaba en valija diplomática a la Biblioteca Hoover sobre la Guerra, de la Universidad Stanford en California. Cuando sus testimonios gráficos del régimen del terror se exhibían en Estados Unidos, Golder se ocupaba de borrar cuidadosamente su firma, para ahorrarle la segura ejecución.
En las pinturas que llegaron a Occidente, vemos una cara diferente de los acontecimientos en Rusia entre 1917 y 1922. Atrás quedaron los heroicos revolucionarios, reemplazados por civiles que luchaban por comida, soldados despiadados que saqueaban una iglesia, la humillación de antiguos generales zaristas y sacerdotes obligados a trabajar en granjas. Vemos ejecuciones secretas y crueldades contra los campesinos.
En estas obras, Vladimirov muestra una humanidad que está completamente ausente en sus pinturas “oficiales”, y muestra una verdadera compasión y afinidad por las víctimas de la represión. No está claro por qué las pintó poniendo en gran riesgo su supervivencia, pero es posible que sintiera el deber de registrar el sufrimiento que fue reprimido por la propaganda oficial soviética. Cualesquiera que sean sus razones, sus imágenes ofrecen una visión del verdadero horror de la Revolución rusa que la historia a veces pasa por alto. Una de las más sombrías –no la más tétrica o desgarrada– escenas de la vida cotidiana tras la Revolución: en un encapotado amanecer de invierno, el asalto del pueblo hambriento a un camión de reparto de pan. Un camión lleno de pan: difícil figurarse más fabuloso objeto del deseo, un tesoro más valioso para los desesperados.




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