Un cuerpo acurrucado
junto a otro,
una madeja enredada
con la que nunca
se querría dejar de jugar,
una masa en la que
poder estampar
caricias como hechizos.
Un cuerpo cubierto
de mapas de brujas
que intentarías descifrar,
mientras duerme
vuelto de espaldas
robando el calor
e irradiándolo
como un ritual
desde sí mismo
buscando cuánto
espacio queda todavía
para el combate
de exhalaciones,
el mutuo apretón de dedos,
por todos los juegos
que aprenden como adultos.
Un cuerpo hecho
para consumirlo,
para sentir el peso
que de buenas se amarra
con el brazo,
disfrutando con brevedad
la carga y el dolor de amar.
Un cuerpo sin embargo
que es solo un naufragio,
la cuestión es
cuanto tiempo
se tarda en saberlo.

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