Hay momentos
en que aún
me resisto a creerlo.
Porque de la nada
ha nacido todo,
ese ha sido
el verdadero milagro
y esa es, precisamente,
la mejor razón
para cuidarlo.
En cambio,
da rabia y vergüenza
pensar en lo que
nos hemos convertido:
La evidencia
es que nuestros corazones,
en lugar de latir con furia,
en realidad están vacíos.
Nuestros labios secos,
las manos temblorosas
y nuestras mejillas,
calientes como la corteza
del pan recién
sacado del horno,
son algo que no existe,
que no existía incluso
antes de desaparecer.
Todo eso era una nada,
como el último instante
de un sueño oscuro.
Creábamos historias
de terror
en que hablábamos
de monstruos,
cuando los monstruos
hemos sido
siempre nosotros,
lo supe de adolescente
en cuanto leí Frankenstein
y el resto de mi vida
no he hecho más
que corroborarlo.

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