En las nimias
miserias cotidianas
es donde el fin
del mundo nos acecha.
Quien no saluda
nunca en la escalera,
quien jamás cede
el paso o el asiento,
quien paga
y porque paga
se dedica a humillar
a su prójimo a destajo
son el monstruo
diario y previsible
que devora el futuro
desde dentro.
Quien disfruta
amargando la existencia
a una persona
a la que damos por supuesto
que antes había amado.
Yo prefiero al psicópata,
al pirómano,
al pérfido asesino,
pues ellos son
tumores extirpables,
quistes de hiel,
abscesos de malicia
que cualquier bisturí
bien afilado
puede sajar de cuajo
y sin secuelas.
El otro mal
es tibio y metastásico,
es parte de nosotros,
nos define;
el otro mal es cuerpo
y es patógeno,
tejido cancerígeno
autoinmune.
No crean que exagero.
El caso es grave.
La explotación
del hombre por el hombre
tan sólo es un reflejo
vigoréxico de aquél
que no devuelve
un simple buenos días.

No hay comentarios:
Publicar un comentario