Morfeo le susurra
con dulce acento,
que es súplica y balido:
duerme, duerme.
El calor se desliza
entre los muslos
de la tarde.
Ella espanta de los ojos
ese blanco turbión
de mieles y de espumas.
El murciélago
bate sus alas
membranosas
como hojas de parra.
No hay guardián
que defienda los fosos,
está franco el castillo.
Debería huir,
pero, ¿cómo hacerlo
si la temperatura agobia
y la somnolencia aprieta?
Morfeo se detiene
a la distancia justa
de su cuello.
Ni siquiera recuerda
su ínfima mordida:
es la hora de la siesta
y no está para nadie.

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