Veo mi cuerpo envejecer
y como lentamente,
me convierto en otro:
siempre en otro.
Como esas flores
tristes del florero
que se apagan de a poco,
me vuelvo un manojito
mustio y ceniciento,
todo mi cuerpo sabe
que en cualquier momento
comenzará el tránsito
que lleva a la muerte.
Y sin embargo qué,
los que llegamos
a esta edad
seguimos vivos.
Y mi cuerpo
reconoce
los signos de esa vida
con la precisión
de la sabiduría:
aquí está mi piel,
aquí mi corazón
y de pronto soy un alma
que aún tiene
mucho que aprender.
Envejecemos, claro.
¿Y qué?
Todavía
iluminamos las estrellas,
aún sentimos correr
la sangre
por nuestras venas.

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