No es por accidente que las vidas de gente como Michael Jackson, Whitney Houston, Prince o Matthew Perry acabaran con un frasco de pastillas descorchado en la mesilla. Hay algo en este mal de la fama que vendría a definir la época moderna con esta nueva dolencia que reúne en un mismo trauma el deseo ferviente de ser alguien con la tentación de lograr vivir en paz. La máxima contradicción se puede apreciar en el constante equívoco de llamar éxito a lo que es fracaso y fracaso a lo que es éxito, sencillamente por la confianza excesiva en el criterio de la masa frente al criterio propio. Los medios de comunicación no ayudan con su terca tendencia a lamerle los pies al éxito, como si no tuviera ya suficiente premio lo popular con su popularidad y mereciera además el galardón añadido del refrendo de los estreñidos al elogio fácil, siempre tan necesarios. La invención del cine trajo consigo la fabricación de una personalidad para hacerse ver por los demás. Con las redes sociales en el nuevo siglo esa personalidad virtual se expandió hasta formalizar un mundo aparte, que choca constantemente con el mundo real, desequilibrándolo. Anteriormente las relaciones se sometían a lo presencial, ahora dejarse ver es más importante que existir.
La enfermedad de lograr la fama sin antes afinar el proyecto que la sustenta provoca malos entendidos constantes. Los amoríos tienen más de posado para los otros que de placer privado y hasta las crisis se televisan para ver si se le puede sacar un rédito a la depre o a la cura de desintoxicación, ya puestos, porque el coste precisa patrocinio. Se explota tanto el vacío que el vacío acaba por llenarlo todo, y ya sabemos que la impostura y el fraude son dos plantas que crecen sin tierra debajo. Igual que la flor del almendro paga su temprana aparición con el destrozo de un fuerte chaparrón o una granizada previos a que se asiente la primavera, así también la precipitada exposición de quien aún está formándose acarrea consecuencias demoledoras. Al conmemorar los 100 años del nacimiento de Marilyn Monroe intuimos que fue la primera mártir de este nuevo mal cuyo diagnóstico aún no somos capaces de establecer porque ni siquiera hemos reconocido la enfermedad. Solo hay que mirar alguna de sus últimas fotos (como la que acompaña a esta reflexión) para darse cuenta de la enorme tristeza que la invadía.

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