domingo, 5 de julio de 2026

POESÍA: INUIT

 


Ha llegado la hora.

La tribu está pasando 

una gran hambruna.

Soy viejo, no tengo dientes; 

no puedo ablandar 

la piel de foca.

Perderlos es perder 

el arma de la vida.

Es el momento 

de abandonar este cuerpo 

y que mi nombre viaje 

a través de la aurora boreal, 

donde jugaré

con el cráneo de la morsa, 

sumergido 

en un estallido de colores.


Tengo que pedirlo, 

para mí es un honor 

sacrificarme 

en pos de la supervivencia

de mis nietos.

Viajaré tomado 

de la mano de La Diosa, 

iré al fondo del mar 

y contemplaré cómo se peina 

su larga cabellera 

con sus dedos prendidos de sal.

En ese lugar no hay hambre, 

solo abundante grasa 

y carne de foca.

Estaré abastecido 

y disfrutaré de ellas.

Luego regresaré 

con un cuerpo joven, 

un tierno bebé que iniciará

el ciclo de la vida, 

al igual que lo hice yo.


He tenido una vida áspera, 

despiadada como el paisaje 

que me envuelve.

He cazado, 

siempre he respetado 

el espíritu del animal 

que he tenido que tomar.

Lo he hecho 

pidiéndole permiso 

y con una plegaria dirigida 

a la madre tierra, 

mientras la sangre caliente 

baña la nieve dejando 

un rastro de muerte y vida.

Poner comida 

no es tarea fácil

en este agreste paisaje, 

pero es lo que he conocido, 

y para ello me han educado: 

ser certero y tener 

una voluntad del hielo, 

fría y dura.


Nunca escondí mi 

caza ni mi grasa.

Reconocerán mis hazañas, 

así como mis debilidades, 

que en algún momento tuve,

y espero ser agasajado 

por mis ancestros.

Tomé de esposa a Anana.

Vivimos juntos 

veinticinco años,

pero envejeció 

más rápido que yo 

y tuvimos que tomar 

la decisión de dejarla sola.

Para ello construí un iglú,

la acomodé con cuidado; 

ya casi no podía caminar.

Me senté a su lado, 

aunque no pude esperar mucho, 

porque una tormenta 

enorme se acercaba 

y debía reunirme 

con el resto de mi tribu, 

que caminaba en busca 

de nuevos territorios vírgenes.


Ese año fue otro 

de dolores y necesidades, 

aunque nosotros, los inuit,

somos personas hechas 

del gélido viento y témpanos.

Cuando llegó el minuto 

del desgarro, 

puse mi mano en su cabeza

y solamente dije adiós.

Sabía que sería recompensada 

en el cielo o en el mar; 

que estaría pronto 

con nuestros dioses 

y antepasados

que aún no han regresado, 

aquellos cuyos nombres 

permanecen

en la inmensidad de lo divino.


La miré, y en mi mirada 

se reflejaron todos los años 

vividos juntos, 

desde que la conocí,

joven y fuerte, con su destreza 

para coser las parkas. 

Tenía una fuerte dentadura 

y sus ojos brillantes

como la llama que nos calienta.

Ella me miró e hizo 

un movimiento suave 

con su cabeza,

invitándome a seguir mi camino.

Me fui, no miré hacia atrás...

Ahora sé que la volveré a ver, 

y juntos contemplaremos 

el cabello negro 

y extenso de La Diosa.


No quiero un iglú para mí, 

quiero un pedazo de hielo

desprendido de su totalidad.

En él navegaré una vez más 

e iré internándome al infinito, 

a donde se cumplen 

los ciclos de la vida.

Estoy listo, y ansío el instante 

de mi disolución 

en la aurora boreal.

Aquí yazco, mi piel se cuartea 

y quiebra como el hielo, 

mis sentidos adormecidos...

el frío, implacable, 

penetra y arrulla.


Con mis ojos apenas abiertos 

distingo una figura que se acerca, 

como nieve que se desliza 

por la montaña.

Percibo su presencia

en el calor de sus ojos.

Tiene los brazos 

extendidos hacia mí.

Tomo sus manos 

y desciendo hasta el mar, 

donde veo una larga cabellera 

ondeando al ritmo de las olas.

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