domingo, 26 de julio de 2026

REFLEXIÓN: FALTA DE ÉTICA


Cuando hace dos semanas Zendaya apareció en Londres para presentar La Odisea, la nueva adaptación de Christopher Nolan inspirada en el poema épico atribuido a Homero, el foco se fue inevitablemente a sus pendientes: dos discos de oro originales datados entre los siglos VIII y VII a. C., posteriormente montados sobre una estructura contemporánea de oro de 22 quilates por la firma británica Barron London.

Arqueólogos han señalado que los discos proceden del llamado tesoro de Ziwiye, un conjunto de piezas de oro, plata y marfil descubierto cerca de Saqqez, en el noroeste de Irán, a finales de la década de 1940. El hallazgo nunca fue excavado por especialistas: los objetos fueron extraídos, fragmentados y vendidos casi de inmediato, antes de que pudiera documentarse el yacimiento. Con el tiempo, el tesoro quedó disperso entre colecciones privadas e instituciones como el Museo Británico, el Louvre o el Metropolitan de Nueva York. Y así fue cómo el joyero británico Glenn Spiro incorporó estos dos discos a un diseño contemporáneo dentro de su colección Materials of the Old World, que más tarde adquirió Barron London y que ahora esta ha cedido para que Zendaya los luzca durante la promoción de la película.

Así, los objetos dejan de ser patrimonio para convertirse en una mercancía que funciona como símbolo de estatus social. Glorificar este tipo de piezas contribuye a alimentar el mercado internacional de antigüedades, un negocio que sigue incentivando el saqueo de yacimientos y perjudicando a las comunidades de origen. Lo cierto es que los pendientes de 3.000 años de Zendaya son el último gesto de un tipo de esnobismo muy contemporáneo entre las celebridades: de Kim Kardashian llevando el icónico vestido de cristales de Marilyn Monroe (que pertenece a un museo, y que, al parecer, destrozó) a infinidad de actrices y famosas deseosas de vestir “de archivo”, el hecho de conseguir llevar una pieza “vintage” te coloca en un lugar muy deseado. El podio de “las que pueden” y de “las que saben”.

Además hay una lectura política: si, como todo apunta, estos discos proceden de Irán, resulta especialmente aberrante que acaben adornando “las orejas de una actriz estadounidense procedente de un país que está bombardeando Irán y matando iraníes. Pero la película de Nolan ya contiene desde su propio rodaje un debate ético en su misma, porque fue rodada en territorio del Sáhara Occidental, con permiso marroquí y manteniendo al margen al pueblo saharaui al que se le dio completamente la espalda. 

En mi opinión, un clásico como La Odisea no se merecía esto. 

No hay comentarios: