Lo llamamos orilla.
Es ese sitio
donde desiste el mar
por un instante
de ser y se proclama
la victoria efímera,
en espumas, de la arena
―o viceversa―,
margen fugitivo,
exacto y a la vez
incierto porque nunca
se repite.
Orilla lo llamamos
y en el atlas
una línea sin línea
es lo que divide
el azul de los verdes
o los ocres,
el invariable estático
contorno de las islas
y de los continentes
―quien dibuja
en los mapas las orillas
no ha debido de ver
jamás el mar―.
Lo llamamos orilla,
pero es solo
algo más que no existe
y tiene nombre,
―lo mismo que el pasado
o la esperanza
o dios o el horizonte―.
O el amor,
porque también
es el amor orilla
―ahora mar― de dos seres
―ahora tierra―
que exploran
su imprecisa finitud.
No hubo jamás
dos orillas iguales
y nunca ha sido igual
la misma orilla.
No intentes caminar
sobre el perímetro
imposible del mar
de tu pasado.
Vivir es aprender a dibujar
sobre el mapa del alma,
que es de arena,
las espumas
del tiempo que vendrá.

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