Literalmente, este fútbol
el delantero y el defensa
que se marcan mutuamente
nunca se dan patadas
porque podrían
romperse algún hueso:
nadie tiene calzado,
así que no les queda otra
que practicar el juego limpio.
Mientras se enredan
en su baile futbolero
sueñan con el número
de la camiseta
que podría llevarlos
-sin necesidad de pateras-
a la otra orilla del mundo.
Allí donde también
hay miseria
pero no se juega al fútbol
a las afueras del pueblo
entreteniendo al ayuno
sobre campos de tierra,
desafiando al calor
con un sueño imposible
de grandes estrellas
en campeonatos rutilantes
y los pies descalzos.

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