Estaba bastante satisfecha de la vida que había tenido, pese a haber vivido una guerra, una posguerra y una existencia infinitamente más austera que la nuestra y conocer muy bien lo que era la pobreza. Era una forma de vivir muy sencilla, sin tantos estímulos. Sin tanta exposición. Sin externalizar constantemente su estado de ánimo, más allá de charlar con algún vecino cuando coincidían por la calle. Ella nunca necesitó fotografiar una comida para disfrutarla, nunca fue al gimnasio para verse saludable y mucho menos pensó que aburrirse fuese un problema urgente que resolver. Y aun así, o quizá precisamente por eso, parecía estar bastante más en paz que muchos de nosotros.
No estoy diciendo que deberíamos volver atrás, porque la sociedad ha avanzado imparable en muchas cuestiones que mejoran nuestra existencia. Pero sí que se puede renunciar a muchos estímulos artificiales que existen para hacer negocio mientras se nos presentan como imprescindibles para tener una buena vida. Porque esto último reside en la sencillez y los valores, lo demás son fuegos de artificio. Mi bisabuela no tenía que meditar sobre ello porque ni siquiera podía elegir al respecto, pero yo prefiero tenerla como referencia porque me ayuda a mantener los pies en el suelo.

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