No dramatizan,
no lo convierten en espectáculo.
Sufren como quien respira:
sin llamar la atención,
sin esperar consuelo,
sin pedir traducción
(los propios veterinarios
te lo advierten).
No convierten
el daño en identidad,
ni lo arrastran como
estandarte o medalla.
Yo, que he elaborado mis penas
con versos y diagnósticos,
que he necesitado testigos
para mi quebranto,
me descubro infantil
frente a su modo de herirse.
Cuando duele, se encogen.
Cuando el cuerpo reclama,
se retiran.
No exigen, no maldicen,
no complican.
El dolor auténtico
no tiene gramática,
y ellos, sin habla, lo demuestran:
cada espina que se clava
en su patas
no necesita ser contada
para ser verdad.
No hay resentimiento,
ni espera de reparación.
Solo el presente herido,
que pide silencio.
Yo, que he escrito
mi dolor hasta vaciarlo,
veo en esa quietud otra forma
de decirlo todo.
No niegan su fragilidad,
pero tampoco la celebran.
Y cuando sanan,
lo hacen sin memoria.
Como si el dolor
no les perteneciera,
sino que hubiera pasado
a traves suyo
como pasa el viento
por una rendija.
Así, su herida
no es mapa ni himno:
es un instante puro,
que no deja cicatriz en la voz,
ni eco en la costumbre.

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