miércoles, 13 de mayo de 2026

INFORME: EXPOLIO DE ARTE ESPAÑOL


La existencia del Museo del Prado es un milagro. En 1870, bajo el Gobierno de Juan Prim y, más tarde, el reinado de Amadeo de Saboya, el erario español vivía en la insolvencia absoluta. Y la miseria era una forma de vida. ¿Qué hacer? Vender aquello que no importa. O sea, las pinturas que perecían por ignorancia. Se ofreció a Otto von Bismarck (1815-1898), creador de la gran Alemania, la colección del Prado, con todas sus obras maestras, a cambio de la condonación de la deuda. Bismarck respondió que era incapaz –pese a su apodo de Canciller de Hierro– de dejar a España sin sus tesoros. “No había dinero, pero tampoco interés por algo que no interesaba conservar, que apenas nadie valoraba, y por los que se pagaban, a veces, cantidades que salvaban de la ruina a quienes los poseían: aristócratas, alta burguesía y la iglesia. Todo lo que he leído sobre el tema dibuja una nación ignorante, pobre, codiciosa, incapaz de hacer respetar sus propias leyes. E inútil –por la desidia absoluta– para exigir la repatriación de las obras expoliadas por ladrones extranjeros y nacionales: cientos arrancadas de los altares, iglesias, sacristías, cortadas a cuchillo de los bastidores en los museos o robadas por la fuerza.

El expolio había comenzado antes de la Guerra Civil. Entre otras causas, por nuestra criminal indiferencia hacia un patrimonio para la mayoría irrelevante y que ahora ya es imposible de recuperar. La historia no fue solo fascistas contra republicanos. Antes hay muchas explicaciones que dar. Una sola –existen cientos– revela la inmensa rapiña. ¿Qué pinta una Inmaculada Concepción del maestro de Badajoz Zurbarán colgada en el Museo de Bellas Artes de El Paso (Texas, Estados Unidos)? Está a 8.242 kilómetros de donde nació el pintor. En 1978 había 3.662 obras dispersas catalogadas, de las que 500 se daban por perdidas. Más o menos ese era el tesoro que sumaban las Colecciones Reales formadas durante dos siglos por Felipe IV y Carlos II. El caos fue completo.

La Guerra de la Independencia (1808-1814) supuso el expolio de miles de obras, la mayoría codiciadas por Luis Felipe de Orleans (1773-1850). Se estima que los franceses robaron 3.150 piezas notables. Y la dispersión no halló fronteras: Ribera terminó en el Museo de Dresde, El Geógrafo de Velázquez en Rouen (Francia) o en Múnich su famoso Retrato de joven noble. La Venus del espejo la vendió Godoy a un marchante inglés para que la disfruten los visitantes de la National Gallery de Londres. Desde luego ningún ladrón como los mariscales Soult (esquilmó Sevilla) y Murat; almas napoleónicas de este genocidio artístico. 

Entre 1900 y 1936, una vez que las pinturas de primer nivel iban acabándose y siendo más caras, le tocó el turno al patrimonio inmobiliario. La falta de cultura y la pobreza facilitaron otra vez los desmanes. Y cayó la sombra de la especulación. No supimos valorar ni proteger nuestro legado, y así nos fue. Aprovechando la noche, el 12 de junio de 1912, los obreros municipales volaron con dinamita la colosal puerta de origen árabe de Santa Margarita (siglo X) de Palma de Mallorca. Los derrumbes continuaron y las leyes promulgadas para proteger estos escarnios en 1915 y 1935 nadie las cumplía. Tenían más “valor” los terrenos que las “obras”. Es fácil entender por qué El niño Jesús y San Benito, de Murillo, terminó en el Hermitage de San Petersburgo o el Retrato de Felipe IV (Velázquez) en Londres, robado por José I del Palacio Real de Madrid como regalo para el marqués de Dessolles.

En 1943, conforme a la Dirección General de Regiones Devastadas, había unas 150 iglesias arrasadas, 4.500 templos casi en ruinas y 1.850 edificios demolidos. El desastre cultural provocó que el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt (1882-1945) le preguntara a su embajador, preocupado, por la situación del tesoro español. Otra estadística apenas conocida. La pérdida en Gerona fue descomunal: 1.996 retablos, 45 órganos y 6.200 imágenes.

Transcurrió la Guerra Civil y el expolio jamás se detuvo. El empresario circense John Ringling fundó el Museo de Sarasota, en Florida, y poseía en 1958 unas 20 telas de lo mejor del tesoro español. Alonso Cano, Velázquez, el Greco o Murillo. Y los derrumbes (por falta de dinero) se aprovecharon para robar los artesonados más bellos. Pero todo quedó en manos de la Iglesia, la clase aristocrática, los burgueses ricos y el Estado. El franquismo exigía (en 1969 por ley) un listado de las obras, aunque era fácil escamotearlas, incluso por los propios funcionarios. Tras la muerte de Franco y por iniciativa del entonces ministro de Cultura socialista, Javier Solana, se creó una ley en 1982 que endurecía la salida de obras. Pasaban por una junta, si tenían más de cien años, que aprobaba o prohibía su exportación. Pero el expolio permanece. “Si se supiera lo que salió durante la crisis financiera de 2008, sobre todo de casas principales andaluzas”, describe bajo petición de anonimato un operario de una de las grandes firmas de transporte de arte, el escándalo sería mayúsculo.


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