Las últimas batallas
se dirimen
en espacios cerrados,
donde la luz y el aire
difuminan
una atmósfera rancia
de arrugas generosas
y opacos sedimentos.
Una hoja que cae
o una que brota
del árbol que a través
de la ventana abierta
contemplas a diario,
viendo cómo entrelaza
sus poderosas ramas
con tus huesos frágiles.
Una hoja o el vuelo
risueño de los pájaros
son apenas el único
latido que hoy celebra
la conquista de un día
que puede ser el último.
Hubo una vez
una llama encendida
y un galeón cargado
con la tibia esperanza
de llegar a alcanzar
o a rozar fugazmente
la prometida arena
de un oasis.
Hubo una vez
los ojos y los labios,
escribiendo en las manos
la aventura
que hoy duermes
en los pliegues del olvido.

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