Un hombre, un solo hombre, anuncia que una civilización entera va a desaparecer sobre la marcha, quizá convencido ya sin remedio de su papel de nuevo dios que escribe sus evangelios en las redes sociales. Cierto es que está ocurriendo, aunque más lentamente, pero Trump se equivoca también al señalar en el mapa al lugar, porque no se trata de Irán.
Las civilizaciones pueden hundirse velozmente. Con amenazas y con la fuerza. Con el miedo. Con la revoluciones y con las guerras. Las civilizaciones pueden morir porque las maten o pueden morirse ellas mismas, ahogadas en el desconcierto o en la decadencia. Pueden ser devastadas también por caminos lentos, aunque eficaces. Consintiendo un genocidio, por ejemplo. alentando persecuciones en su territorio: deshumanizando a seres humanos y arrancando a los hijos de sus madres y de sus padres.
Una civilización puede arruinarse en manos de unos pocos hombres envanecidos que desprecien ese pasado que evocan, capaces de romper alianzas históricas y de sustituir el entramado de normas y valores por la ley del más fuerte, tan milenaria. Las civilizaciones, en fin, también pueden socavarse e incluso destruirse desde dentro y poco a poco. Aunque son más rápidas las bombas, claro. Y es sabido que esta no es solo la época de la impunidad: también lo es de la impaciencia. La prioridad absoluta ahora es pararles los pies al matón del patio y sus compinches, antes de que nos destruyan por completo. La prioridad es hacerles llegar de todas las maneras posibles nuestro desprecio.

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