No dejo de pensar en cómo puede ser el mundo interior de esas personas hartas de dolor físico o moral, incapaces de aguantar más, a quiénes solo anhelan dormir y sienten intolerable angustia al abrir los ojos, que anhelan que se les facilite el sueño eterno, el final del sufrimiento, la huida de una existencia que no les amó. ¿Con qué derecho podemos señalarlos por ir un paso más allá y obligarnos a hacerle frente a nuestro mayor tabú, porque hemos decidido vivir de espaldas a la muerte, como si fuera lo contrario de la vida en lugar de su complemento?
Desde que era pequeño escuché ladinas mentiras como que quitarse la vida solo lo hacían los cobardes, que la existencia y la muerte únicamente dependían de algo llamado Dios. Durante infinito tiempo estuvo prohibido enterrar a los desesperados en los cementerios cristianos. No los dejaban de joder y de anatemizar ni después de muertos. Y no debe de ser fácil suicidarse. Incluso por razones prácticas. ¿Cuántos cortes hay que darles a las venas? ¿Cómo se ahorca uno para no fallar? O, ¿qué pastillas y cuántas hay que tomar para encontrar el final de la desolación? ¿Y si se lanzan al vacío y aterrizan sobre los inocentes viandantes? Y, de acuerdo, todos nos quedamos hechos polvo cuando alguien muy cercano ha tomado esa solución sin retorno. Pero, ¿podemos imaginarnos la oscuridad, el dolor, la soledad y el desamparo de los que deciden acabar con su infierno?
Descansa en paz, Noelia. De todo corazón te lo deseo: Descansa en paz.
Se fue después
de años de sufrimiento
y el campo estaba
bañado con la hermosa
luz de la primavera.
Se fue y ojalá
donde quiera que haya ido
yo la pudiera estar esperando
para darle el consuelo
y el cariño que merece.
La imagino alejándose
por el bosque,
subiendo lentamente
la montaña
con la mirada fija
en sus pensamientos
sin ver nada afuera,
sin oír ningún ruido
que enturbie la paz
que ahora siente,
extasiada con el oro
de la tarde que cae,
y me embarga
una extraña mezcla
de tristeza y alegría.
Y escribo este poema
para hacer con él
un collar de brezo en flor
y colgarlo en su cuello
cuando llegue
a cualquiera que sea
el destino elegido
para gozar
de su merecida libertad.


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