Habrá salido, tal vez,
de su casa hace un rato.
No parece dirigirse
a ningún lugar en concreto.
Da envidia verla
pasear su juventud
a estar horas sin rumbo,
mientras cae
la tarde lentamente
y vuelan los vencejos
en la luz que declina.
Igual ha pasado por la plaza
y habrá sumado su perfume
al aroma de las flores.
Tiene ganas de andar.
Ahora, el azar la trae,
despacio, hasta mi espacio.
Yo, aburrido, la veo venir.
Tendrá veinte años apenas.
Camina con la gracia
que regala la vida
a quien es bello y joven:
gloria, breve del cuerpo;
milagro de lo efímero,
que cifra en su relámpago
visos de eternidad.
Ajena a mi mirada,
se va acercando.
El oro del sol último
brilla en su piel, en sus ojos,
en el dulce desorden
oscuro de su pelo.
En este instante, cruza
de una acera a la otra.
No sabe que la observo,
que su fugaz presencia
me hace feliz.
Ahora pasará por la terraza
de la cafetería.
Ya llega. Ya ha pasado.
Y sigue. Y va alejándose.
Dentro de unos momentos
doblará aquella esquina
y desaparecerá
de mi vida para siempre.

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