“Al amanecer, una prisionera, atada a la mesa con correas, tumbada boca arriba, con los pechos salpicados de sangre, es interrogada en el fondo de un sótano. Los torturadores fuman cigarrillos. Uno es un chico de veinte años; el otro tiene sesenta. Tienen las camisas sudadas, las mangas arremangadas y las espadas y los electrodos están usados”.
(Nazim Hikmet)
“La torturada” (1976) es una pintura de Antonio Berni que estremece por sus grandes dimensiones y porque muestra en primer plano a una mujer atada a una especie de tabla de madera, con las medias de nylon bajas y zapatos de tacón, semidesnuda, con su poca ropa dañada y su rostro con una mueca de espanto, de terror. Detrás hay dos hombres con gestos que transmiten miedo y uno de ellos tiene en su mano el aparato eléctrico que se utilizaba para aplicar la tétrica picana. Claramente, vemos un retrato sobre una de las más antiguas tragedias universales y lo que supuso el golpe de estado que instauró la dictadura militar en Argentina hace ahora cincuenta años.
Las medias de nylon bajas condensan la energía de ese cuerpo derrotado; los zapatos siguen ahí, aunque los pies ya no respondan, como las piernas. El torso vencido recuerda al de las marionetas debajo del escenario, pero el rostro guarda la mueca del espanto: ojos vacíos, dientes apretados. Como por si quedara alguna duda, en el cuadrante inferior de la obra el maestro Antonio Berni transcribió los versos del poeta turco Nazim Hikmet, perseguido y torturado por su militancia comunista y reproducido en el primer párrafo de este artículo.
Más allá de su temática, y como era habitual en la obra del maestro caracterizada por su compromiso social y político que incomodaba a la sociedad de la época, los materiales que Berni utilizó hacen que el cuerpo de ella –hecho de harapos y goma espuma– siga supurando sufrimiento. Detrás, los hombres están en otro plano: no cobran relieve, han sido pintados. Después de haberse encargado de tan atroz tarea, las colillas de sus cigarrillos junto a sus rostros burocráticos recuerdan las ideas de Hannah Arendt sobre la cara más rutinaria y banal de la maldad.

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