A veces, en medio
de una meditación,
vuelvo a despertar
ahogándome.
No en agua,
sino en una melancolía
de rostros
que estuvieron conmigo,
voces que he dejado
de escuchar,
porque mi corazón
se ofreció a sí mismo
como jaula
para cosas aladas.
De ahí vengo.
Y si tengo que irme
otra vez,
me iré desde ahí,
partiéndome en pleno aire,
sangrando
otra nueva llegada,
conteniendo el aliento
bajo el silencio de todo.
Esto es lo que me tira
de vuelta:
una niña abriendo regalos,
una confidencia infantil,
un abrazo,
aunque sea moribundo.
Y un cabrestante enrollado
como un cordón umbilical
arrastrándome hacia la orilla
—atado de nuevo,
o atestado, recordando
el empuje del engranaje
como una forma de nacer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario