Hera,
tu nombre suena
a diosa antigua,
pero para tus dueños
siempre ha sido
el sonido de tus patas
corriendo hacia sus brazos.
Resumir tu existencia
es muy sencillo
porque has sido vida
desbordándose en alegría.
Ahora descansas
más de lo que juegas,
y el mundo parece caminar
demasiado deprisa
para tu paso extenuado
por la enfermedad
que poco a poco
te va apagando.
Quienes te quieren miran
y todavía estás ahí:
en tus ojos tibios,
en esa forma tuya
de buscar el calor
de quien te ama
aunque el cuerpo duela.
Si pudiéramos cambiar
el curso del tiempo,
tu familia cargaría
gustosa con cada sombra
que intenta apagar tu luz.
Pero sólo puede darte
una voz suave,
una caricia lenta,
una presencia.
Y esperan que te vayas
sabiendo
que fuiste hogar,
que fuiste risa,
que fuiste, precisamente
eso: familia.
Y cuando el silencio llegue,
no será vacío:
será tu recuerdo
corriendo libre,
sin dolor,
hacia un horizonte
donde nada te pese.
Hera,
gracias en su nombre
por haberlos elegido.
Gracias por amarles
como sólo tú
podrías haberlo hecho.

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