Dónde están mis guerreros,
eternos perdedores
de guerras arbitrarias
y paces leoninas.
Dónde están los castillos
que crispaban sus almenas
ante los peligros
reales o imaginarios.
Dónde el enemigo retirado
antes de tiempo,
sin haber completado sus infamias
porque ya las cometían
nuestros propios dirigentes.
Dónde las vistosas
misiones que llevaban
por comarcas insólitas
la civilización como símbolo
y una realidad de ambición y muerte.
Dónde los planos del tesoro
que auguraban la expedición,
las sangres intermedias
derramadas a mansalva.
Dónde los indolentes,
espaciosos días,
sus noches dilatadas
de sueños imposibles.
Dónde el baile final
de Zorba el griego,
su mística celebración
de la derrota, más grande
que cualquier derrota.
Dónde estamos, compañeros,
cómo hemos podido llegar
—única magia auténtica—
hasta el aquí y el ahora.

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