Estoy aprendiendo
a abandonar el mundo
antes de que él pueda
abandonarme a mí.
Ya he renunciado al reclamo
del poder y el dinero,
a ser el que otro
quiere que sea
o embarcarme en proyectos
que solo conducen
a la melancolía.
Y el mundo se ha llevado
a familiares,
a algunos de mis amigos.
He renunciado a las aristas,
prefiero las líneas curvas
de las colinas
y del carácter de la gente
que suele acompañarme.
Y cada noche renuncio
a mi cuerpo
miembro a miembro
en sentido ascendente
a través de mis huesos
hacia el corazón.
Pero llega la mañana,
con breves aplazamientos
en la forma de un cortado,
el canto de los pájaros
y una conversación
desde donde brote
de vez en cuando la sonrisa.
Al otro lado
de la ventana un árbol
que hasta hace unos instantes
no era más que una sombra
recupera sus ramas hoja a hoja.
Y mientras
yo recupero mi cuerpo,
el sol apoya su cálido
hocico en mi regazo
como para enmendar
el daño ocasionado.
En momentos así
cierro los ojos y me siento
en paz conmigo mismo.

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