Hay días
en que todo dice no.
Pides pan a la tierra
y te lo niega.
Pides tregua al dolor
y te da largas.
Solicitas permiso
para salir a respirar
y el aire, enloquecido,
no te hace caso
y se retira.
Son los días malditos,
los que nunca
están de paso.
Son los días
que no tienen prisa,
los que desde el principio
dejan claro
que se sienten a gusto,
que te aprecian,
que les resulta
confortable tu casa
y que han hecho en ella
una reserva abierta,
sin fecha de salida.

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