Recuerdo la hora
torcida de mi vida
en la que planteé
las preguntas exactas,
la hora en la que empezó
todo a estropearse
y a llenarse de orgullo
el impostor sonriente
que camina por la calle
y yrata de llenar
los espacios vacíos
de su alma
sin demasiado éxito.
He olvidado el tacto
de las mejillas de Artemisa,
he olvidado la forma
concreta del placer
elaborado a costa
de algunos principios,
he olvidado que tuve
la piel tersa.
En mi diario sólo queda
un insistente
olor a madera y a óxido,
también a leche agria
y a hoja de tabaco,
también a sangre infantil,
también a baba.
He olvidado, asimismo,
los bordes de mis clavículas
frente al espejo,
en aquella hora torcida
en que bajo la indolente
luz de las bombillas
todo yo me transformé
en espalda.
He bailado un paso
a dos con la bestia,
lo que llamo identidad
es una figura armada
con los restos podridos
del banquete,
un espantajo de carne,
hueso y agua,
que se mueve con gracia
de espantapájaros
y anda para no quedarse
completamente quieto.
En la hora torcida de mi vida
comencé a escribir este poema,
con el penúltimo aliento
de un superviviente
al que conozco desde que nací,
sirva como postrero arañazo
sobre la carne colgante
del destino,
como asidero para alcanzar
la superficie
y gritar al miserable
dios del tiempo:
hijo de perra, aquí sigo,
pese a todo,
aún no me has vencido.

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