Admiro a quienes aman
y saben o tal vez
tienen el valor de vivir
como desean,
e hicieron ‒o hacen‒
de cada día una celebración,
un arte, a pesar
de saber que la vida,
eso que llamamos
con enfermiza insistencia
o con tenacidad
de visionarios, vida,
es las más de las veces
algo mediocre,
triste, sucio,
gastado y violento.
Admiro a quienes eligen
como divisa de sus días
«El corazón me manda»,
destierran la indiferencia
y no desdeñan otra cosa
que las pasiones tristes:
el menoscabo de sus vidas.
Y en una época tan sombría
como la que atravesamos,
ponen pasión en el pasar
de cada jornada.

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