jueves, 1 de enero de 2026

REFLEXIÓN: LO QUE TE DESEO


Puedo decir que tengo una vida perfecta. No te asombres, ni me envidies, porque es perfecta en toda la enorme extensión de sus imperfecciones y reiterados fracasos, no en el miserable sentido que vende ese positivismo tóxico moderno. Mi vida, al menos según yo lo veo, no cumple con los estándares de la perfección rentable y, precisamente por eso, la considero perfecta. 

Está hecha de dificultades, de sufrimiento, de contradicciones, de tropiezos humanos demasiado humanos, de heridas que nunca cierran del todo (ni espero que lo hagan)... Pero que también me obligan a pensar y me arrancan de la pasividad donde uno se pudre lentamente. En ese sentido, que estoy convencido de que es el único que vale, ha sido una vida privilegiada (incluso más de lo que pude soñar cuando soñaba con comerme el mundo). Y aún así, ha estado atravesada por una sed persistente de sentido a medida que pasaban los años, una incomodidad que no espero que se calme con aplausos, likes, ni verdades absolutas. 

Esa sed no es una falla, es el motor. Es lo que impide que todo se vuelva cómodo, manso, muerto. Por eso hoy, que comienza un nuevo año, no te deseo una vida perfecta. Al menos esa perfección limpia, ordenada, planeada y exhibible en las redes sociales. Te deseo algo más arriesgado y peligroso: una vida que se rompa y se reconstruya mil veces, que te conforme cuando intentes dormirte en ti mismo, que te obligue a preguntarte quién eres y por qué sigues. Una vida que no se deje adormecer ni esclavizar.

Una vida, en fin, que cuando valga la pena, te haga arder hasta el tuétano. Y que sea tuya, dándole la espalda a los moldes impostados. 


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