Sobre aprender a diseccionar
fetos de cerdo...
Quiero de vuelta mis mecedoras,
atardeceres solipsistas,
y los sonidos de la jungla costera
que son tercetos de cigarras
y pentámetros de las piernas
peludas de las cucarachas.
Doné biblias a tiendas
de segunda mano
con una lámpara de sal himalaya —
las biblias postbautismo,
las plácidas, las fáciles de leer,
las parasitarias —
apiladas en bolsas de plástico.
Recuerdo más el olor a goma
de las páginas brillantes
de los libros de biología;
quemaban los pelos dentro
de mis fosas nasales,
y sal y tinta que se borraba
de las palmas de mis manos.
Bajo recortes de luna
a las dos cuarenta y cinco
de la mañana estudio y repito
ribosoma
retículo endoplásmico —
ácido láctico
estambre
en el IHOP en la esquina
de Powers y Stetson Hills —
repito y garabateo
hasta que algo se enreda
y se estanca en algún lugar
al que ya no puedo señalar,
quizá en mi estómago —
quizá allí entre mi páncreas
e intestino grueso está el arroyo
diminuto de mi alma.
Es la regla por la cual ahora
reduzco todas las cosas;
afilada y astillada
por el conocimiento
que solía sentarse, un paño
contra la frente febril.
¿Puedo dejar que ambos existan? —
esta fe voluble
y esta ciencia universitaria
que provoca desde
el fondo del aula
ahora no puedo creer —
en la Biblia y el Corán
y el Bhagavad Gita.
Se deslizan largos cabellos
detrás de mi oreja
como mamá lo hacía,
y exhalan desde sus bocas
“haz espacio para la maravilla” —
todo mi entendimiento se escurre
por la barbilla hacia el pecho
y se resume así:
la vida es simplemente
óvulo y esperma
y donde esos dos se encuentran
y cuán seguido y cuán bien
y qué muere allí.
Poema de Renee Nicole Good, poeta asesinada en Minneápolis por un miembro del Servicio de Inmigración de Estados Unidos, la nueva gestapo creada por Donald Trump. La poesía, la decencia, la dignidad y la democracia están de luto.

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