domingo, 18 de enero de 2026

PINTURA: JOSÉ BENLLIURE GIL


A menudo asociamos el arte académico del siglo XIX con escenas históricas, religiosas o costumbristas. Sin embargo, La barca de Caronte de José Benlliure Gil (1855–1937) nos sumerge en un territorio más oscuro y metafísico: el tránsito entre la vida y la muerte. Esta imponente obra es una representación visceral del mito de Caronte, el barquero del Hades, encargado de transportar las almas de los difuntos a través del río Aqueronte.

Caronte, en el centro de la composición, se alza como un viejo alto y delgado, vestido con harapos, que lleva una larga vara para remar y con la que castigar a las almas de los difuntos que protestan durante el viaje y que le acompañan. Alrededor de la barca se vislumbran en el agua las almas atormentadas de los muertos.

A primera vista, el lienzo es un torbellino de dramatismo. La escena se desarrolla bajo un cielo ominoso, teñido de grises y ocres sombríos que refuerzan la atmósfera de condena. La barca avanza pesadamente entre las aguas oscuras, cargada de almas en pena, envueltas en sudarios translúcidos que parecen disolverse en el aire. El protagonista indiscutible es Caronte, una figura cadavérica y musculosa, de mirada vacía y cabellos canosos agitados por el viento. Porta un remo que no parece propulsar la embarcación, sino dominarla como si fuera una extensión de su voluntad infernal.

Benlliure Gil, reconocido por su virtuosismo técnico y su sensibilidad narrativa, recurre aquí a una paleta reducida pero profundamente expresiva. Predominan los marrones oscuros, los ocres quemados y los negros azulados, matizados con veladuras que sugieren niebla y podredumbre. El claroscuro no sólo aporta volumen a las figuras, sino que dramatiza el conjunto: algunas almas parecen brillar tenuemente, como si todavía conservaran un rastro de humanidad, mientras que otras se funden con las sombras, resignadas a su destino.

Un detalle fascinante es la inclusión de figuras que se hunden o emergen de las aguas alrededor de la barca, clamando inútilmente por ayuda. Estas presencias espectrales intensifican el horror de la escena y recuerdan al espectador que no todos consiguen el paso al más allá; algunos se pierden eternamente en el olvido. A la derecha, una nube de figuras voladoras parece arrastrar a otras almas hacia el inframundo, ampliando el espacio narrativo del cuadro más allá del plano físico. A diferencia de otras representaciones de Caronte, aquí no hay redención posible ni esperanza al final del trayecto. Todo es inexorable, y el silencio parece envolver la escena como un sudario más.

La barca de Caronte no solo consolida a José Benlliure como un gran narrador visual, sino que anticipa, de manera inquietante, el simbolismo y el expresionismo que florecerían décadas más tarde. Es una pintura que no busca agradar ni reconfortar; al contrario, nos confronta con lo inevitable, con esa última travesía que todos, tarde o temprano, tendremos que emprender.

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