Ojalá unas palabras
sirvieran para cambiar
alguna conciencia.
Ojalá tuvieran un destino
palabras como vileza,
crueldad, atropello,
y que algunos
las entendieran por fin,
que les hicieran parar
la puesta en práctica
del significado
de otras palabras
como masacre o genocidio.
Pero qué pueden hacer
si no lo consiguieron
las imágenes más tristes:
los pies descalzos de niños
que huyen de la muerte
dejando atrás el hogar,
las caravanas desvalidas
de una diáspora,
la desesperación
tras los bombardeos
y ahora, por la llegada
de la lluvia y el frío.
¿Qué pueden hacer
las palabras que no hiciera ya
la sola experiencia
de ser padre, de ser tía,
de saberse hija o amigo?
Ojalá sirvieran
unas pocas frases
como mensaje
para impedir que se esté
repitiendo un holocausto
ante nuestros ojos,
mientras miramos el televisor.
Pero no sirven las palabras,
no sirven para parar
todo este horror.
Aún así las diremos,
las palabras,
las seguiremos diciendo;
tendrán que oírlas,
palabras como Palestina Libre,
Israel genocida.
Frases con las que exigimos
a nuestros gobiernos
el cierre de embajadas
o el fin del comercio de armas.
Palabras que serán molestas,
pero que denuncien
lo que algunos pretenden
que quede impune.
Las seguiremos diciendo
hasta que algún día, tal vez,
ya no sean necesarias.

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