Cada lector,
cada boca,
cada mano
es raíz y ala,
lluvia y semilla.
El árbol de la poesía
nos sueña
desde adentro,
el que escribe
y el que lee
celebran el milagro:
lo que es silencio
se alza en canto,
lo que pudo ser sombra
se transforma y arde.
Y en ese
fuego compartido
los poemas viven
y se quedan.

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