Sólo supe del mundo
cuando el beso
que te ofrecí
aquella madrugada
se hizo carne,
temblor de hoja caída
y charco nuevo.
Me ayudó a entender
el sentido de la vida
cuando huyó
con los tiempos
que no vuelven
pero dejan las huellas
de su paso.
El sabor se guardó
perenne en todos
los que tras él vinieron:
un fantasma
que habita las estancias
de aquel día,
que se quedó conmigo
como recuerdo
imperecedero,
uno de los más bellos
tesoros de mi vida,
que se lleva por delante
todos los besos
que puedan darse
en las películas.
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