Querría estrangular
este poema,
matar estas palabras
porque a veces
no expresan,
solo ensucian
o entierran
como limo que priva
del tesoro.
No hay odio suficiente,
de tanto que merecen.
Mira qué inconsecuencia,
mira qué detestable
necedad:
pretender envolver
mi esperanza en este fósil
que llamamos lenguaje
cuando decir lenguaje
es triar un ataúd
para lo vivo.
Yo querría
que quedara tan solo
lo puro del corazón.
Que él se descubriera
tan lejano de todas
mis palabras,
tan superior a todas.
Que en su fondo
no hubiera rastro
de ellas ni de mí.
Pero este poema
es también parte
de aquella paradoja
de lo humano
que se busca a sí misma
en un deseo
virado a lo imposible.
Por eso aún pretende,
temerario,
que sepas
que sigue habiendo futuro.
A pesar de ese abismo
que separa
el anhelo infinito
de sus menguantes logros,
a pesar de que
este poema huele
a agua estancada,
a víscera pudriéndose,
a carne en descomposición,
yo te suplico
un salto al vacío:
cree en esta esperanza
que en él tienta decirse.
Como todo lo sacro,
también la palabra
pide un acto de fe.
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